A varios en el gobierno no les temblaría la mano para apretar el botón rojo y enviar a Chile de vuelta a la prehistoria pinochetista. A tal grado los enloquecen las marchas, las cacerolas y las barricadas, que si se trata de elegir entre la paz y la guerra, no dudarían en elegir la guerra. La pregunta que surge entonces es por qué no lo han hecho. ¿Qué fuerza detiene ese impulso maniqueo de querer mandar al infierno, de una buena vez, a todos aquellos que según su parecer, son la encarnación misma del mal?
Antes de entrar en el análisis, dejemos establecido que “apretar el botón rojo” significa más o menos repetir la estrategia del 4 de agosto recién pasado, pero multiplicada ad infinitum. Esto es: prohibición de las marchas, desalojo de las tomas de colegios, cárcel para los dirigentes estudiantiles, estado de sitio, toque de queda, y por supuesto, aplicación de la famosa Ley de Seguridad Interior del Estado. Amén de otra batería de argumentos fácticos, en donde la salida de los militares a las calles, es sin lugar a dudas, la guinda de la torta.
Es casi un hecho que en todo grupo siempre existen dos fuerzas mayoritarias en pugna. Pese a las diferencias y matices, dichas fuerzas tienden a aglutinar al conjunto, a suprimir la dispersión, al momento de los insoslayables quiubos, o dicho académicamente, al momento de las situaciones límite. Puede por cierto existir una tercera fuerza minoritaria: la de la indiferencia y del hastío, que en términos coloquiales constituye el singular montón que no quiere pertenecer al montón. Pero concentrémonos en las dos fuerzas mayoritarias en pugna.
En el caso del actual gobierno, una de esas fuerzas la constituyen los partidarios de presionar el botón rojo, ya que son quienes estiman que hay que honrar a Dios por sobre todas las cosas, sin importarles que muchos de sus paisanos no crean en él. Entre estos caballeros teutónicos sobresalen aquellos que sostienen que las personas que marchan son inútiles subversivos, hijos de familias mal constituidas, comunistas y anarquistas; delincuentes, en suma, cuyo único y perentorio deseo es destruir al país, la propiedad y la libertad. Es decir, o se callan por las buenas o se los hace callar por las malas.
Cada vez que el ciudadano de a pie es convocado a protestar, los talibanes se arman hasta los dientes de sus lugares comunes característicos y se visten con sus mejores trajes pretorianos. El propósito es vencer, aplastar. Demostrar convicción y fortaleza. Así pues, si los organizadores de las protestas bailan, los talibanes resaltan su falta de ritmo. Si cantan, insisten en su desafinación. Si los organizadores de las movilizaciones dicen “cien mil”, los talibanes afirman “diez mil”. Si aquellos dicen “éxito”, estos dicen “fracaso”.
La segunda fuerza en pugna al interior del quinto gobierno de la Concertación es menos militante, menos talibán. Cuenta entre sus filas incluso a gente bien intencionada, honestos feligreses de alguna iglesia altruista. El ejercicio mayor dado a sus neuronas les permite acunar una duda razonable sobre las posibles consecuencias de sus actos. Si bien no están a la altura de un Hamlet, suelen captar, con cierto retardo, cuándo algo huele mal en Dinamarca. Los miembros de esta fuerza, en las actuales circunstancias, evidentemente que no se encuentran en la primera línea mediática. Son casi invisibles (o digamos, invisibilizados), aunque no así sus motivos para oponerse a la tentación de pulsar a fondo el botón rojo.
Dos de sus motivos merecen ser destacados, por sus potenciales beneficios para el movimiento social. El primero, portador de una suerte de autocrítica básica y de largo alcance, podría ser resumido en la siguiente frase: “¿Y no seremos nosotros los que la estamos cagando?”; ¿Y no tendrán algo de razón, todos estos huevones que protestan?”. Como digo, una reflexión de largo alcance y que muy bien podría traer de la mano el alumbramiento temporal de la sabiduría en el palacio presidencial.
El segundo motivo es más epidérmico, pero igualmente formidable. Y tiene relación, precisamente, con esta amarga sensación de percibirse agregando, por cada día que pasa, un gramo de nieve más a la gran bola compacta y congelada que ven descender desde la cima de la montaña. Una bola que a su juicio hay que detener, porque no sólo mandará al infierno a los hijos de Belcebú que se manifiestan con tambores y pitos en las calles, como piensan rabiosamente sus camaradas talibanes, sino que mandará, sin pasaje de vuelta, a todo el hermoso Chile al carajo.
En conclusión, se trata de un dilema táctico y en ningún sentido, moral; porque si de algo carece tanto la oposición como el gobierno, es de la capacidad de discriminar entre el bien común y el interés personal.