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24/01/12

La pausa infinita

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No digamos Adiós; sino que "Hasta la vista babies".
Muchas gracias por los garabateos, los silencios, el interés y la indiferencia. Todo me cunde y place.
Mi última, potente y sobrehumana iluminación para ustedes:

"En un mundo cada vez más interconectado, aquello que renuncies y dejes de hacer no divide ni resta; en cambio, aquello que haces, siempre se multiplica". (algoritmo estocástico isomórfico de Pausímaco)

Fin del boliche

24/09/11

Se acabó la fiesta del lucro

Durante veinte años los sinvergüenzas que hoy se encuentran en el gobierno bloquearon sistemáticamente cualquier cambio en el sistema educacional chileno, que beneficiara a los segmentos más vulnerables de la sociedad. Cualquier medida que implicara una mejora sustancial de la educación pública fue tergiversada y esquilmada por esta manga de mafiosos con corbata y título. Por supuesto, contaron con la complicidad de los gobiernos de la Concertación, que en resumen, siempre terminaron cediendo a esos mentirosos llamados a la unidad nacional o mejor dicho, a la unidad de los intereses corporativos y empresariales.
Durante veinte años estos sinvergüenzas impusieron sus negocios bajo el sempiterno cantito de que están dispuestos al diálogo, de que hay que abandonar la intransigencia y de que no hay que ser ideológicos. Durante veinte años. Pero se les acabó la fiesta, el jolgorio permanente. Ahora han quedado al descubierto. Ahora es posible ver claramente su raíz bursátil y especulativa, gracias a la acción decidida y contestataria de los estudiantes, y porque ahora, ya no cuentan con el escudo de impunidad que les otorgaba a cada metro cuadrado, el rancio ramillete de acomodados concertacionistas.
Por eso, paradójicamente, resultó ser un avance el hecho de que Sebastián Piñera saliera elegido presidente de la República, porque si aquello no hubiera ocurrido, en el actual estado de movilización ciudadana, habríamos tenido que tragarnos una vez más a los oportunistas de la Concertación llamando a la prudencia y prometiendo que la alegría ya viene. Es un dato inobjetable que si no estuviera Piñera y su ralea de pinochetistas gobernando, hace rato que los Girardi, los Lagos Weber, los Andrade habrían estado robando pantalla para recordarnos que ellos quieren lo mejor para Chile, "en la medida de lo posible"; o sea, en la medida que lo quieran los garantes del sistema heredado de la dictadura.
Y así es, lo que estos sinvergüenzas hicieron durante veinte años como oposición, quieren seguirlo repitiendo como gobierno. Todavía creen que su postura amable, su mueca reflexiva y su tono conciliador van a esconder y camuflar su nula disposición a introducir cambios reales al indecente sistema educacional chileno. Y digo nula, porque si algún cándido piensa lo contrario, vamos a tener que abrirle los ojos. A este gobierno, por ejemplo, le importa un pepino que 70 mil estudiantes de las escuelas municipales "pierdan el año escolar", porque nunca ha sido esa su preocupación. Para los representantes de este gobierno, cuyos hijos estudian sin excepción en colegios particulares privados, con el futuro comprado; les da exactamente lo mismo que los "rotos" se jodan uno o dos años, ya que de todas maneras los quieren mantener jodidos, es decir, recibiendo una pésima educación que los lleve sólo a desempeñar el papel de peones de sus intereses creados.
La última salida de madre del alcalde de Providencia lo expresa todo sin tapujos. El ex militar e íntimo colaborador de Pinochet, ha salido a poner en práctica la alternativa que detallé en otro artículo: la alternativa del botón rojo. Esto es: vamos desalojando colegios públicos a punta de chorros de agua y lacrimógenas; no importa si fregamos a padres, profesores, niños y niñas. Vamos cerrando colegios públicos unilateralmente y negando matrículas; no importa si nos fregamos a más del cincuenta por ciento de los alumnos y alumnas. Vamos dando por cerrado el año escolar, aunque no se tenga ninguna atribución legal para adoptar esa medida. Y todo, obviamente, bajo la estricta aprobación del ministerio de educación y del gobierno. Porque no seamos ilusos. A pesar del aparente desmarque oficial, más de alguna autoridad debió estar enterada de la maniobra del ex coronel. En materia de educación pública, ni siquiera en Chicagolandia, un alcalde se manda solo.
Para mayor ahondamiento de la sinvergüencería natural del presente gobierno, resulta que el mismísimo presidente Piñera, en momentos que realizaba una gira por Estados Unidos, particularmente en la ONU y en la ciudad de Boston, lugar donde se encuentra la universidad de Harvard, se da la licencia de aparecer elogiando a los estudiantes chilenos y sus movilizaciones, reafirmando que él quiere transformaciones profundas en la educación pública, y que su gobierno, por cierto, está abierto al diálogo. Ese mismo diálogo que ni por un segundo se le ha ocurrido facilitar en Chile, mediante condiciones mínimas de factibilidad. Cuando un estudiante le recordó precisamente en Boston que él era el presidente que contaba con el peor nivel de aprobación ciudadana en todo el continente americano, Piñera respondió sonriendo que los datos del muchacho no estaban "actualizados". Pues claro, porque el pobre huevón sabe que no deja de caer en las encuestas.
A los secundarios me encomiendo entonces, no a los universitarios, que a estos basta con que les digan que viene el lobo para bajarse los pantalones. Me encomiendo sobre todo a esos 70 mil secundarios que están dispuestos a perder el año, pese a las amenazas de padres, profesores y autoridades de gobierno, con tal de alcanzar un honesto propósito, que más que a ellos culminará por beneficiar a sus hijos. La repitencia masiva y sostenida es la clave. Frente a esa realidad, hasta un gobierno de sinvergüenzas caradura, como el actual, tendrá que sudar mierda.

28/08/11

El dilema del quinto gobierno de la Concertación

A varios en el gobierno no les temblaría la mano para apretar el botón rojo y enviar a Chile de vuelta a la prehistoria pinochetista. A tal grado los enloquecen las marchas, las cacerolas y las barricadas, que si se trata de elegir entre la paz y la guerra, no dudarían en elegir la guerra. La pregunta que surge entonces es por qué no lo han hecho. ¿Qué fuerza detiene ese impulso maniqueo de querer mandar al infierno, de una buena vez, a todos aquellos que según su parecer, son la encarnación misma del mal?
Antes de entrar en el análisis, dejemos establecido que “apretar el botón rojo” significa más o menos repetir la estrategia del 4 de agosto recién pasado, pero multiplicada ad infinitum. Esto es: prohibición de las marchas, desalojo de las tomas de colegios, cárcel para los dirigentes estudiantiles, estado de sitio, toque de queda, y por supuesto, aplicación de la famosa Ley de Seguridad Interior del Estado. Amén de otra batería de argumentos fácticos, en donde la salida de los militares a las calles, es sin lugar a dudas, la guinda de la torta.
Es casi un hecho que en todo grupo siempre existen dos fuerzas mayoritarias en pugna. Pese a las diferencias y matices, dichas fuerzas tienden a aglutinar al conjunto, a suprimir la dispersión, al momento de los insoslayables quiubos, o dicho académicamente, al momento de las situaciones límite. Puede por cierto existir una tercera fuerza minoritaria: la de la indiferencia y del hastío, que en términos coloquiales constituye el singular montón que no quiere pertenecer al montón. Pero concentrémonos en las dos fuerzas mayoritarias en pugna.
En el caso del actual gobierno, una de esas fuerzas la constituyen los partidarios de presionar el botón rojo, ya que son quienes estiman que hay que honrar a Dios por sobre todas las cosas, sin importarles que muchos de sus paisanos no crean en él. Entre estos caballeros teutónicos sobresalen aquellos que sostienen que las personas que marchan son inútiles subversivos, hijos de familias mal constituidas, comunistas y anarquistas; delincuentes, en suma, cuyo único y perentorio deseo es destruir al país, la propiedad y la libertad. Es decir, o se callan por las buenas o se los hace callar por las malas.
Cada vez que el ciudadano de a pie es convocado a protestar, los talibanes se arman hasta los dientes de sus lugares comunes característicos y se visten con sus mejores trajes pretorianos. El propósito es vencer, aplastar. Demostrar convicción y fortaleza. Así pues, si los organizadores de las protestas bailan, los talibanes resaltan su falta de ritmo. Si cantan, insisten en su desafinación. Si los organizadores de las movilizaciones dicen “cien mil”, los talibanes afirman “diez mil”. Si aquellos dicen “éxito”, estos dicen “fracaso”.
La segunda fuerza en pugna al interior del quinto gobierno de la Concertación es menos militante, menos talibán. Cuenta entre sus filas incluso a gente bien intencionada, honestos feligreses de alguna iglesia altruista. El ejercicio mayor dado a sus neuronas les permite acunar una duda razonable sobre las posibles consecuencias de sus actos. Si bien no están a la altura de un Hamlet, suelen captar, con cierto retardo, cuándo algo huele mal en Dinamarca. Los miembros de esta fuerza, en las actuales circunstancias, evidentemente que no se encuentran en la primera línea mediática. Son casi invisibles (o digamos, invisibilizados), aunque no así sus motivos para oponerse a la tentación de pulsar a fondo el botón rojo.
Dos de sus motivos merecen ser destacados, por sus potenciales beneficios para el movimiento social. El primero, portador de una suerte de autocrítica básica y de largo alcance, podría ser resumido en la siguiente frase: “¿Y no seremos nosotros los que la estamos cagando?”; ¿Y no tendrán algo de razón, todos estos huevones que protestan?”. Como digo, una reflexión de largo alcance y que muy bien podría traer de la mano el alumbramiento temporal de la sabiduría en el palacio presidencial.
El segundo motivo es más epidérmico, pero igualmente formidable. Y tiene relación, precisamente, con esta amarga sensación de percibirse agregando, por cada día que pasa, un gramo de nieve más a la gran bola compacta y congelada que ven descender desde la cima de la montaña. Una bola que a su juicio hay que detener, porque no sólo mandará al infierno a los hijos de Belcebú que se manifiestan con tambores y pitos en las calles, como piensan rabiosamente sus camaradas talibanes, sino que mandará, sin pasaje de vuelta, a todo el hermoso Chile al carajo.
En conclusión, se trata de un dilema táctico y en ningún sentido, moral; porque si de algo carece tanto la oposición como el gobierno, es de la capacidad de discriminar entre el bien común y el interés personal.