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24/10/11

La toma de la Pastilla





Esta alharaca, en apariencia transversal, por la "toma" momentánea y muy parcial de la sede del Senado en Santiago, por parte de un grupo de ciudadanos, ha resultado verdaderamente sintomática. Basta con observar quiénes se han alineado tras la reprobación de dicho acto: desde el tótem Paulsen hasta el publicista Bofill. Desde el más progresista de los progresistas hasta el último de los ultraconservadores. Todos propietarios de nichos simbólicos en los que acostumbran desplegar su escuálido poder. Ahí está, como dice un primo mío, el meollo del asunto.

Por supuesto, si nos atenemos al mero contexto, el acto de insubordinación está plenamente justificado. Una democracia que no es democracia, sino que puro formalismo; una Constitución impuesta; un Congreso sin representatividad, con parlamentarios designados y que se reeligen ad infinitum; un gobierno antipopular que no se allana a las demandas del 80 por ciento de la población; etc, etc, etc. O sea, desde el punto de vista del contexto, no es extraño que las personas, y sobre todo los estudiantes, después de 5 meses de ininterrumpida protesta, comiencen a manifestarse con un grado mayor de intensidad que lo acostumbrado. Demás esta reafirmar que no estamos frente a una presión gremial o ante una petición sectorial; sino que delante de una demanda colectiva de profunda participación política.

Entonces lo que le duele a la autodenominada "elite" es más bien lo simbólico: esa imagen de personas comunes y corrientes gritándole a la cara que son unos usurpadores, unos hipócratas y unos sinvergüenzas, aunque no lo sean objetivamente. Esa imagen de niñas subiéndose a la mesa, exigiendo un plebiscito, aunque el bello mueble haya sido propiedad nada menos que de don Benjamín Vicuña Mackenna o de cualquier otro ilustre oligarca. Eso es lo que les duele, eso es lo que los atemoriza, y debido a ello es entendible que no se preocupen del contexto, sino que exclusivamente del hecho: la "falta de respeto". ¡Dios nos libre!, ya que en la obscuridad de su subconciente se repiten: "no vaya ser que un día me pase a mí".

Por lo tanto, frente a una "falta de respeto a la institucionalidad", hay que proceder de la misma manera como cuando un encapuchado hace pedazos un semáforo o el escapárate de un Banco. Nada de distingos. La institucionalidad se tiene que defender, aquí o allá: con fuerzas especiales, represión, y a balazos si es necesario, ya que la institucionalidad es sacrosanta y nosotros, o sea la elite, sus únicos profetas.

En la novela "O llevarás luto por mí", ambientada en torno a la Guerra Civil española, Lapierre y Collins reconstruyen muy bien esta incomodidad histérica de los que tienen mucho que perder y nada que ganar, cuando los que tienen mucho que ganar y nada que perder, se les vienen encima. El colérico faenamiento por parte de una turba hambrienta, quizás anarquista, de un toro semental de raza. Ahí está el meollo del asunto: lo que es un sacrilegio para los dueños del animal o para los que disfrutan de los espectáculos taurinos; no es más que un acto de sobrevivencia para los otros, así como un acto de soberano desprecio contra estúpidos indolentes, que han vivido en permanente estado de privilegio.

Ante los descollantes matices de este cuadro, ante tal contraste de colores primarios, no vale la pena detenerse en lo secundario: por ejemplo, en si el hecho fue un montaje subrepticio del actual presidente del Senado, en conjunto con el apóstol de las bicicletas, Luis Mariano Rendón. Y no vale la pena porque ambos personajes han terminado por ser los instrumentos de la Vox Dei. Lo que pase con ellos, ahora o mañana, es, de todo punto, irrelevante.