Dedicado a ese público fiel que me considera insufriblemente latero. Con amor.
Los discursos críticos no integrales sobre el individuo y la sociedad tienden a centralizar cualquier posible camino de transformación global en el rutinariamente transitado ámbito de la actividad política, sea institucional o marginal. Pese a su aparente contundencia, pierden las múltiples dimensiones de las que está hecho el ser humano, deteniéndose en una o en dos, y haciendo de ellas el resumen de su personalidad. De ese modo, con un impecable y académico razonamiento, muy florido en citas, datos, y hechos "evidentes", apabullan al sujeto y lo reducen a algo así como a un mono dotado de palabra; los cuales, mientras no se "den cuenta" de su situación "real", mientras no adopten el camino que ellos llaman a adoptar, no tienen "salvación" ni esperanza posible.
Esto sentado. Vamos a hacer lo mismo. Pero no con esa desfachatez retórica acostumbrada, y por supuesto, no perdiendo de vista que cualquier camino de transformación debe partir necesariamente de las múltiples dimensiones en las que se desenvuelve el individuo, y no limitarse sólo a una.
Existen tres aspectos interrelacionados de la vida cotidiana que se encuentran en la base misma del "modo de ser", dependiente e inseguro, que se fomenta y propaga dentro de nuestra sociedad actual. Tres aspectos que tienen que ver directamente con la capacidad de acción y con el logro de la autonomía individual de cada sujeto. Cada uno de ellos se levanta como un obstáculo de proporciones insuperables que va liquidando poco a poco cualquier grado de resistencia, mermando nuestra imaginación, nuestra creatividad, y en definitiva, nuestra libertad.
Primera Vía
El primero de ellos es el ya clásico aspecto relacionado con el dinero. De una sencilla convención voluntaria, de un simple medio para facilitar los intercambios, ha pasado a ser, en la sociedad capitalista, un símbolo de estatus, la "materialización" de la riqueza y una de las manifestaciones más inmediatas del Poder. Por lo tanto, la dependencia sensual y externa que origina, y la seguridad en el presente y en el futuro que otorga a quien lo posee, es entonces comprensible. También su "inmoralidad intrínseca" en el sentido de Aristóteles, o más bien dicho su "amoralidad". El dinero, independientemente de la "propaganda", crea necesidades subjetivas y objetivas que aumentan en la medida que aumenta su caudal, limitando las alternativas de acción extrasistémicas de los individuos, estén o no organizados. Sin embargo, no vamos a sostener la eliminación del dinero porque cualquier elemento que posea un valor social puede desempeñar ese papel. Frecuente es el hecho, recreado muy bien por la cinematografía, de que en todo campo de prisioneros, los cigarrillos, por ejemplo, cumplen aquella función casi de manera natural. Lo que queremos plantear es que su acumulación, su tenencia en cantidades abundantes por tiempos prolongados, determina en gran parte de los casos, caminos de acción no creativos, excluyentes, y puramente egoístas. Determina el nacimiento de sujetos duales, en los cuales la práctica se encuentra por completo desligada del discurso; o la escisión más regular, en donde su esfera de vida privada no tiene nada que ver con su esfera de vida pública. Un sujeto dual tiene la "exacta" percepción de que en la medida que se tiene mucho dinero, aumentan los derechos, dentro de una sociedad capitalista, y que debido a ello, se está en condiciones de exigir un trato diferente. En resumen, el que cuenta con mucho dinero sabe muy bien que puede hacer lo que quiera, hasta robar o cometer cualquier delito, porque, como tiene una de las llaves maestras del sistema, puede contratar abogados, sobornar jueces, corromper legisladores, publicar desmentidos, y en el improbable caso de que se le encuentre culpable, puede cumplir su condena en cárceles "cinco estrellas".
Cuando no se tiene el dinero suficiente para cubrir necesidades mínimas el panorama cambia por completo. Dependiendo de una variedad de factores, personales y sociales, surgen, la mayor parte de las veces, otras alternativas de intercambio, que cuestionan sin proponérselo las raíces mismas del modelo económico. Es el caso del trueque o de las cooperativas de producción y consumo, que, sin ir más lejos, potencian el reconocimiento horizontal de sus agentes y la autonomía individual de los mismos. Las "ollas comunes" son una expresión muy parcial, pero bastante clara de lo anterior. El no tener dinero se transforma en una oportunidad para producir mecanismos internos de resistencia frente a la manipulación del consumo de la sociedad actual. Si esa oportunidad no es aprovechada ni experimentada en su profundidad, se caerá en el círculo vicioso de aquellos que pasan su existencia anhelando tener dinero para gastarlo en su exclusivo beneficio, o en el más despreciable círculo de aquellos "comprometidos socialmente" que tan pronto como los billetes danzan a su alrededor, abandonan sus compromisos o los readecuan a sus nuevas posiciones.
Antes de que la sociedad capitalista se instalase en gloria y majestad en la casi totalidad del orbe, mucho antes incluso de que se uniformaran los medios de intercambio a través de la utilización de metales preciosos, tanto las personas como los grupos acudían y disponían del trueque para satisfacer sus necesidades. La producción no excedía los límites de un consumo medianamente "racional" o relativamente proporcional a las necesidades realmente existentes. Habían casos —revivenciados aún hoy por diferentes pueblos originarios—, en que el trueque estaba envuelto dentro de un aura ceremonial que abarcaba todos los aspectos de la vida del ser humano. Se intercambiaba de todo, servicios sexuales incluidos, pero no con un matiz comercial, sino enmarcado en un ambiente de respeto y libertad. Nada de esta riqueza espiritual, está presente cuando el dinero reina como único señor. En el trueque cada objeto tiene valor en cuanto vale para un Otro; no posee un valor estándar, no tiene un precio igual para todos. El valor, entonces, es variable y nace en el momento mismo del intercambio. A su vez, el trabajo empleado en la elaboración, o cosecha o búsqueda de cada objeto o producto no es un trabajo abstracto ni mecánico, sino un trabajo concreto y creador. Un artesano intercambia una manta que él ha hecho, con sus propias manos, y en la cual se ha demorado determinado tiempo, por un kilo de tomates, otro de limones, etc., en fin, por verduras y frutas, que son el producto de las manos de un agricultor que está frente a él, y que él reconoce.
Por otro lado, tenemos la realidad que surge de la asociación solidaria. Demás está hacer aquí la alabanza que la cooperativa se merece, tanto en su expresión tribal como gremial. Sólo decir que al momento mismo en que la cooperativa se hace dinámica e integral, cuando se convierte en comunidad, cuando conjuga en grados crecientes la producción, el consumo y la cohabitación, estamos frente a uno de los polos más sólidos de desarrollo extrasistémico. "Nada puede impedir a los consumidores unidos que trabajen para sí mismos con el auxilio de su crédito mutuo, que construyan fábricas, talleres, casas, que adquieran tierras; nada puede impedirlo, con tal de que lo quieran y empiecen a hacerlo", escribe Gustavo Landauer. Ese "quieran y empiecen a hacerlo", resulta fundamental, porque Landauer no está pensando en cualquier sujeto, sino en aquellos que están dotados de lo que él llama "espíritu", y que de acuerdo con lo que hasta aquí se ha expuesto, podría vincularse perfectamente a lo que yo llamo "individuo autónomo".
Segunda Vía
El segundo aspecto de la vida cotidiana que tiene que ver con el logro de la autonomía, es el relacionado con los artefactos tecnológicos. La sociedad capitalista es una sociedad técnica, que duda cabe. Se nace dentro de un mundo rodeado de artefactos, dentro de un mundo prefabricado que llega a alterar las nociones básicas de tiempo y espacio. Cada uno se mueve en él, como si se tratase de su medio natural: auto, cocina, refrigerador, microhonda, radio, televisión, computador, celular. Sin embargo, en vez de que los artefactos sean prolongaciones instrumentales de la propia personalidad, como lo fueron en un principio para el hombre antiguo, es la personalidad la que se transforma en una prolongación instrumental del artefacto. Nos convertimos en sus servidores: tenemos que cuidarlos, reponerlos, y cuando ya no funcionan, cambiarlos por unos nuevos. Estos "objetos-vampiros", —recurriendo a una denominación muy certera utilizada por Sartre—, absorben sin parar la acción humana, alimentándose de su sangre y creando una verdadera simbiosis entre el hombre y la cosa. "Mientras el hombre se petrifica, la materia se anima", argumenta aquel filósofo. Puede resultar exagerado, y admito que algunos se lleven muy bien con la tecnología. Yo mismo recurro a ella por la rapidez y comodidad que ofrece. Pero considerémoslo del siguiente modo. La técnica es nuevamente otra manifestación del poder, y es precisamente éste el que inventa técnicas diversas para sostenerse, para demostrar que su mundo es la única realidad posible.
¿Se puede hoy realizar una revolución, al estilo callejero, como la que propició la "comuna de París", o las copias fracasadas, llevadas a cabo aquí en Chile en 1851, por ejemplo? Rotundamente, no. Porque cada administración política cuenta con un sinnúmero de medios para sofocarlas. Hoy tienen que ser miles los movilizados, cientos los puntos de agitación; tienen que haber muertos y heridos por todas partes, amén de la calculada "indiferencia" de las Fuerzas Armadas, para que una administración cualquiera sea desestabilizada popularmente. De otra manera, cualquier "guerrillerismo" va directo a la perdición o al estancamiento (verbigracia las FARC o el EZLN). La técnica pues no es neutral. Gran parte de sus llamados "avances" han tenido su origen en la industria bélica y armamentista. Su carácter, no depende tanto de quién la use, como es frecuente afirmar, sino que en alguna medida lleva implícita una forma degradada de relación con el mundo, una relación de dependencia y sometimiento. ¿Qué pasa cuándo suena un teléfono? Se corre de inmediato, porque el sonido, insistente y repetitivo, exige que se conteste. ¿Qué pasa cuando uno circula por el centro de la ciudad? Si se tiene auto, se debe poco menos que luchar con decenas de otros automovilistas, pagar estacionamiento, y si no se cuenta con vehículo, se tiene que caminar por las veredas, cruzar por donde haya semáforos o por donde no hayan rejas, porque o si no te sacan un parte, etc. La técnica tiene sus grandes beneficiarios, y no es precisamente la gente común y corriente; son las transnacionales y los centros de poder. Ellos son quienes la financian, y sus empleados directos son quienes hacen sus alabanzas. El resto de la población obtiene beneficios secundarios, marginales; atractivos en una primera instancia, pero siempre con consecuencias negativas no previstas.
Nuevamente no vamos a sostener nada parecido a la eliminación de la técnica, ni al aislamiento de ella. No vamos a proponer "la vuelta al mundo de las cavernas", como ya algunos se habrán imaginado. No. Sólo nos vamos a detener, una vez más, en el individuo, en su capacidad de decir no, sea fuera como dentro de una organización. Además, toda técnica, cuando nace de una necesidad local y concreta es positiva; cuando tenemos el control directo de su nacimiento y de su uso, y no se lo traspasamos a la industria con fines comerciales. La producción local de subsistencia, tanto individual como colectiva, potenciada por una técnica de similares características, es siempre más económica y humana que una producción en masa centralizada en las grandes industrias. Es sabido igualmente, que la energía solar, menos contaminante y menos dependiente, requiere también de artefactos específicos, aunque mínimos, para ser aprovechada y que la diferencia estriba en que su propagación no es completamente funcional a los intereses de las transnacionales.
Todo pasa en consecuencia por una decisión personal, por el ejercicio de la voluntad, y obviamente, por la educación. Si queremos "estar ahí", en un momento dado, concentrados; si queremos "compartir" con el otro, si queremos "enseñar" mediante ejemplos, sobre todo a los niños, que nos observan en silencio, debemos entonces mantener una distancia crítica de los artefactos tecnológicos. Apagar el televisor, la radio, el computador, el celular, y no sucumbir al exilio de la convivencia que provocan.
Tercera Vía
La tercera y última área íntimamente relacionada con el logro y ejercicio de la autonomía es el que tiene que ver con la salud y la alimentación. Muy raras veces la conquista de la libertad es apreciada bajo este prisma. Se pretende transformar un sistema, por ejemplo, sólo teniendo en cuenta la variable política o la variable económica; considerando a los individuos en su rol de "masa", traspasando su potencialidad al rebaño, puesto que es así como se "harían" las revoluciones. Pero no hay que ir a relegar demasiado lejos este acontecimiento. La liberación comienza en uno, en el cuidado de nuestro propio organismo y en el conocimiento de sus equilibrios internos. La salud es el fundamento de nuestra actividad diaria, la base no reconocida desde la cual proyectamos nuestros movimientos. Constituye la más clara posibilidad de vivir con intensidad nuestras emociones y de sacar partido de nuestras experiencias. Sin salud, disminuyen para el ser humano las alternativas de todo tipo. Se vuelve uno inseguro y dependiente, sin ánimo para resistir. La salud, por cierto, no debe entenderse tan sólo como la "ausencia" de enfermedad. La salud es también una forma de relación, una de las más primarias e importantes: la relación que tenemos con nosotros mismos. Reconozco que hay quienes pasan su vida fumando de todo o bebiendo de todo, y no desarrollan ninguna enfermedad inmediata. Se mantienen, aparentemente, saludables. Existen, por lo demás, casos de personas que llegan a vivir muchos años de esa forma. No lo niego. Pero qué es lo primordial que se desprende de aquí. Que esas dos actividades, despegadas del contexto de la "fiesta", terminan como una satisfacción momentánea, epidérmica y mezquina, sin trascendencia, e incluso hasta limitante, cuando pasan a constituirse en una especie de dependencia síquica y fisiológica de los sujetos.
Pregunta. ¿Es nuestra sociedad saludable?, o mejor dicho, ¿promueve la salud como uno de sus objetivos centrales? Como en el tema de la ética, está claro que no. La salud, integralmente entendida, es un obstáculo para esta sociedad, es el germen de su destrucción. Por lo tanto, hay que eliminarla, acotarla, reorientarla, y hacerla funcional al sistema. Pero ¿será esto posible?, ¿será tan "así la cosa", cuando vemos los esfuerzos de la medicina, o de los organismos médicos internacionales, en contra de las grandes enfermedades?, ¿será posible, cuando son más que palmarios los esfuerzos de los diversos gobiernos en contra de la contaminación, del hambre, y del tráfico de estupefacientes? ¿Será posible? Por supuesto. Porque ninguno de esos "esfuerzos" cambia el panorama, ninguno altera el fondo del problema. Esos difundidos esfuerzos son únicamente paliativos, de origen demagógico y populista, con un nulo impacto real. La medicina occidental, a su vez, está al servicio de la tecnología, y ésta, como lo indicamos anteriormente, está al servicio del poder. Se comprende entonces cuál es su función en lo que respecta a la salud. Además, la medicina occidental, como muy bien lo señalan terapeutas orientales, sólo se preocupa de solucionar los síntomas más visibles y superficiales de una enfermedad, y es por sobre todo, alopática, es decir, que el empleo de medicamentos para superar una patología, producen a la larga el desarrollo de otra. ¡Y cómo podría ser de otro modo, si la enfermedad en el mundo capitalista produce millonarios ingresos!. Ahí tenemos a la industria farmacéutica, con transnacionales bioquímicas por doquier, que vuelven pastilla y jarabe todo lo que tocan. Pero el papel de "reinas de la noche" de toda esta locura está reservado sin duda al cáncer y al estrés depresivo, consecuencias fatales de quien está inserto, cual engranaje, en la gran maquinaria moderna. La ignorancia y la estupidez son las formas clásicas que tiene la medicina para atacar a estos dos impredecibles toros. Como los "galenos" no tienen idea de lo qué es el cáncer, salvo lo que su delirante y analítica imaginación universitaria les dicta, vamos bombardeando el cuerpo con radioterapias, quimioterapias, extirpando un poquito por acá, cauterizando otro poquito por allá, a ver qué pasa; pimponeando al paciente de especialista en especialista. Resultado, una muerte más rápida o una dependencia absoluta más larga. Y, por supuesto, más dinero para los bolsillos sin fondo de los "delantales blancos". Para el estrés depresivo, en tanto, hay todo un arsenal de sedantes neurológicos, cada uno con un nombre más ridículo que el anterior, y con los cuales se podría llenar un par de páginas. Pero todos sin excepción, tienen el oscuro objetivo de dejarte más imbécil de lo que podrías llegar a ser de manera natural.
La alimentación es uno de los elementos que influye más profundamente en un estado saludable. De lo que ingerimos depende nuestra capital capacidad de autorrenovación, o de "autopoiesis", que distingue a todo ser viviente. Pero, ¿cuál es la realidad de la alimentación en la sociedad capitalista? Un verdadero desastre. Su expresión más llamativa es la que tiene que ver con los expendios de la llamada comida "chatarra", ingrediente fundamental de las grandes compañías y corporaciones que manejan el comercio alimenticio de gran parte del planeta. No obstante, también hay otras expresiones, aparentemente más neutrales, como es el caso de los supermercados. ¿Qué encontramos en el supermercado? ¡Miles de productos! Cierto. Pero de los cuales un alto porcentaje es meramente artificial, víctima de la manipulación química o genética. Los alimentos industrializados, mantenidos en frío o en conserva para abolir con ello el factor estacional, han perdido buena parte de sus contenidos nutritivos, han perdido su color característico, su aroma acostumbrado y hasta su textura, por lo cual requieren el uso masivo de colorantes, saborizantes, antioxidantes, preservantes, etc., etc., muchos de los cuales tienen demostrables efectos cancerígenos.
Desde pequeño a un niño se le condiciona, ya sea en la escuela, en la calle o en la casa, a consumir porquerías antinaturales en forma indiscriminada: chocolates, dulces, chicles, bebidas de fantasía, helados, cuya consecuencia más inmediata es la obesidad, el sobrepeso, o la destrucción de su dentadura con azúcares realmente mortales. Pero sin esto, los señores dentistas, otra gracia de la medicina occidental, no tendrían pega. Tampoco los industriales de los cepillos, de las pastas dentífricas, de los enjuagues bucales o de los hilos dentales. Y esto sí que viene a ser resultado de una complicidad magistral a todo nivel, porque cuál es la manera más fácil de "ganarse" a un niño, o cómo lo mantienes "feliz", esto es, sin que te "moleste" su presencia y actividad. Por supuesto, no inventando con él un juego, no explicándole (porque los "niños son tontos"), sino que prendiéndole el televisor o comprándoles galletitas y otras leseras.
No vamos a proponer aquí la adopción ni del ayuno, ni del vegetarianismo, ni del frugivorismo, aunque tengan mucho de positivo a la hora de hacer una comparación con la alimentación carnívora. Sólo un par de datos, que cualquier estudioso de esta materia maneja. Debido a que nuestros intestinos son más largos y rugosos que el de los animales propiamente carnívoros, la carne que consumimos permanece mucho más tiempo dentro de ellos, pudiendo, al descomponerse, liberar toxinas que son perjudiciales tanto para el colon como para el hígado. La carne contiene además gran cantidad de urea, sustancia que sobrecarga el poder metabólico de las células renales, provocando a la larga, su acelerada destrucción. Basta con esto para nuestro propósito.
Lo que en el fondo queremos proponer entonces, es algo muy simple. Intentar; sí, intentar —porque comprendemos el mundo en el que vivimos— volver a los productos que entrega la tierra y el mar, que presenten el mínimo de manipulación posible, disminuyendo al máximo los intermediarios. Reducir la preponderancia que en nuestra dieta pueda tener la chatarra que por todos lados nos rodea. Y, en fin, experimentar y descubrir el equilibrio que en este campo le pertenece a cada organismo. Se trata en síntesis, de conocernos, de mirarnos interiormente, de sentir lo que fluye a través de nosotros, qué es lo que queda, y qué es lo que sale; ser más observadores y no tan ilusos frente a lo que compramos para comer, porque de ello depende nuestra salud, y de nuestra salud, las posibilidades de transformación.
Queda aún algo por decir. Las tres dimensiones humanas aquí abordadas se encuentran en estricta relación unas con otras, y que un cambio en el "modo de ser", no depende de si en una lo realizamos y en otra no. Debemos tratar de conquistar una autonomía integral, o por lo menos gradual; porque mediante ella lograremos deslegitimar las supuestas bondades del sistema y desestabilizarlo creativamente desde dentro, experimentando con satisfacción que cada día que pasa, es un día más de vida, y un día menos de muerte, arrebatado a sus instituciones.
4 contradicciones:
Estimado, vuelta de mi luto por la muerte de mi compañera Demencia,déjele garrapatearle unas cuantas cosas.
Ya lo decía Virginia en el "Cuarto Propio" que para el proceso de autonomía una necesitaba su 4x4, saliendome absolutamente del tema, volvamos a lo que nos convoca; concuerdo en los artefactos eléctricos,su propuesta para el dinero suena viable y salud junto con la alimentación me pareció un poco vago, pero una sola cosa estimado.
Me esperaba algo menos sacrosanto de usted, sus propuestas están acotadas a una vía casi monacal, de mucho rictus y vía crucis como si de camino a la salvación eterna se tratara "claro desde adentro del sistema" como usted dijo, me esperaba más de su parafernálica forma a la que nos tiene acostumbrados, es que acaso el rictus de la vida moderna (o posmoderna) lo a teñido de gris? ¿pero como se arrebata a las instituciones de modo en que el jolgorio sea el desmadre?,porque usted lo ha dicho, hay que desdestabilizarlo creativamente desde adentro,
Y es por eso que le digo le faltaba el paso 4; el paroxismo del desmadre y la patada en el poto,algo estimado que no sea como manual de carreño
Meticulosa doña Mefisto:
Me alegra que haya vuelto de su luto, porque la vida –ese fenómeno celeste que algunos juzgan como tal–, tiene muy poco que ofrecer a quienes piensan lo contrario. Una cuestión de lógica euclidiana. Sin embargo, más me alegra que me muestre sus garras y me premie con un par de arañazos maliciosos, entre cansinos e intensos. Pues bien, usted mejor que nadie, debería saber que cuando yo hablo en serio, hablo en broma, y que cuando hablo en broma, hablo realmente en serio. Un pseudosistema detestable que aprendí desde antes de que naciera y que se remonta a tiempos ahistóricos, y del cual yo no soy ni su creador ni mucho menos su mejor exponente. A la vez útil e inútil en circunstancias diversas, como muy bien debe saberlo Virginia mientras se imagina conduciendo una 4x4 por las glamorosas calles de Beverly Hills. ¡Esa sí que es autonomía, mierda!... Volviendo al tema, créame que me siento halagado y al mismo tiempo divertido de que usted, como tantos otros, vean en estas antipropuestas un reguero de preceptos monacales, y que me compare con “el pobrecito de Asís”, uno de los pocos santos que no merece ningún respeto práctico por parte del Vaticano. Me hace recordar un estupendo ensayo de Maurice Merleau-Ponty sobre “la duda de Cézanne”, en donde el fenomenólogo francés aventura la posibilidad de que Cézanne no haya inaugurado, concientemente, una desproporcionada forma de pintar sus naturalezas muertas, sino que dicha desproporción era ya algo innato en él; en sus ojos, propiamente, cuya defectuosa fisiología habría sido la causante de ver las cosas descuadradas. Obviamente, Virginia no es Merleau-Ponty y Merleau-Ponty no es maldonado. Cézanne y usted son un caso aparte. El asunto más terrible, sin ser “cataclísmicos y/o intrumentalizados”, es caer víctima de las buenas y malas costumbres o pretender ser amo y señor de unas y otras. Porque para qué. ¿Cree usted que el esfuerzo vale la pena? ¿En el ciberespacio? No se equivoca al señalar que aquí falta el paso cuatro. Pero en donde sí se equivoca es en pensar que hay sólo cuatro. En lo que llevo de este comentario a su comentario, ya he pensado en al menos 17 caminos para desestabilizar creativamente el sistema desde dentro. Un número demasiado elevado para detallárselos con cortesía. Conténtese con decirle que la octava vía es: “ninguna de las anteriores” y que la decimotercera vía describe, con minuciosidad, ese camino crepuscular que llamara a adoptar, entrelíneas, Fedor Dostoievsky en los Hermanos Karamazov, bajo la potente frase: “voy a apurar la copa, hasta donde me venga en gana”, palabras que arguye Iván en una mística conversación con Aliocha. Una vía maravillosa, transitada ejemplarmente por almas sensibles como Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, grandes ídolos todos, aquí y en la quebrada del ají... Pero... Pero, jaja, la pregunta de rigor es una y la misma: ¿pero por qué será que no la seguimos todos, yo y usted incluidos? La respuesta, por supuesto, es muy fácil.
PD: Virginia y su "Cuarto Propio". Mire usted.
Cariñotes
El mejor blog de Chile.
El mejor blog de la Vía Láctea, weón, de la Vía Láctea.
Publicar un comentario en la entrada