(Ensayo de entomología social)
El estado está en todas partes y en ninguna. Pareciera ser una cosa intangible que flota en el ambiente y que impregna cada una de las circunstancias de la vida moderna. Nadie se escapa a sus controles. Nadie se escapa a sus imposiciones. El ciudadano común no lo puede aprehender en su totalidad, pero lo "siente" en cada uno de sus movimientos, en cada uno de sus actos. Y cuando se le hace visible, cuando se le hace concreto, la mayor parte de las veces, es para decirle qué hacer, y cómo hacerlo. Es el gran Demiurgo, un ente medio metafísico, medio real, que fabrica y ordena la sociedad, sin ni siquiera necesitar a sus componentes.
Aunque está sensación de omnipotencia y de omnipresencia del estado pareciera multiplicarse silenciosamente en todos los espíritus, creemos que son posibles otras formas de organización social, política y económica que pueden llegar a prescindir, o por lo menos reducir, su conservadora y coercitiva existencia.
En principio debemos despejar un miedo recurrente. Gran número de personas piensan que el declararse enemigo del estado significa declararse enemigo de todo lo que ven a diario, de todos los gustos y preferencias, inclusive. Se imaginan algo así como una casa vacía, sin ningún mueble ni ventana, en donde todos podrían hacer lo que quisieran. Pero se trata de un prejuicio, del típico prejuicio que la ideología del status quo se encarga de transmitir a diario a través de sus medios de comunicación y de sus instituciones educativas. Lo único que afirmamos al declararnos enemigos del estado es que es posible que la sociedad —y el ser humano dentro de ella— se autorregulen cooperativamente, mediante organizaciones diversas, sin la necesidad de superórganos administrativos que los delimiten, en los que una minoría termina siempre beneficiándose de la mayoría.
El estado es un sistema de cohesión impositivo compuesto por dos partes esenciales: una material y otra ideológica. Por un lado tenemos una serie de instituciones que se desenvuelven dentro de un marco legal autogenerado por ellas mismas (las archiconocidas "Constituciones", el "Derecho"). Mientras que por otro, tenemos a una serie de preceptos arbitrarios, morales y sociales, que se traducen en una herencia de tradiciones y costumbres incuestionables (el famoso "vínculo con el pasado"). Por lo regular, el estado se hace concreto por medio de instituciones que asumen su abstracta representatividad, principalmente el gobierno, las fuerzas armadas o la burocracia en su conjunto. Ninguna de estas instituciones justifica positivamente su existencia por su radical improductividad, por supuesto. Pero, más allá de lo concreto, en un sentido amplio y formal, el estado está compuesto también por otras instituciones que se reproducen y sobreviven bajo su amparo, aunque con frecuencia no lo quieran reconocer (iglesias, universidades, empresas "privadas"). La totalidad de ellas está dirigida por una casta específica de personas que reciben el rimbombante título de "autoridades", cuya primera y más notoria de sus características es que todas sin excepción concentran algún tipo de poder: económico, militar, político, intelectual o religioso. En un sentido extremo, cada funcionario del estado, sobre todo los que se hallan en la cumbre de su pirámide (presidente de la república, parlamentarios, almirantes y generales, ejecutivos de empresas "públicas", etc.), recibe un sueldo millonario tan sólo por preocuparse de cifras y de estadísticas, tan sólo por dar órdenes detrás de un escritorio. Es comprensible pues, que sea este tipo de sujeto, precisamente, el que más ansía o defienda la permanencia del estado; ahora último sobre todo, con ese absurdo eufemismo de la "modernización de la función estatal".
Especialmente cuestionable dentro de la "teoría" del estado es la inevitable práctica de la centralización. El estado es concebido como el planificador por excelencia, grande o pequeño, el cual debe controlar y supervisar áreas sensibles de la vida económica y social. El estado se transforma aquí en depositario y fuente de Poder. Y es por eso que muchos "revolucionarios" (y los que no lo son para nada), se planteen la conquista del Poder como la conquista del estado. O sea un paso más dentro de una estrategia política destinada a establecer algo así como la dictadura de una minoría.
Algunos afirman que la no existencia del estado —en su aspecto concreto señalado más arriba— determinaría la falta de mecanismos más o menos consensuados para resolver conflictos (todo el tema jurídico y legal por ejemplo), trasladando con ello, el centro de la discusión. Es decir, el problema de fondo no sería la existencia o no del estado, sino la naturaleza del ser humano. Según ellos, los seres humanos necesitan de aquellos mecanismos, o sea del estado; porque jamás —ni siquiera a nivel interpersonal—, encontrarán la forma perfecta de convivencia. Es posible. No creemos en nada parecido a "la bondad natural del hombre". No obstante, podemos igualmente afirmar que esa forma de ser de los individuos, esos potenciales conflictos en sus relaciones, son precisamente producto de los mecanismos que imponen las estructuras dentro de las cuales nacen y se desarrollan. Y que por lo tanto, es necesario suprimirlas o, al menos, avanzar en su profunda transformación. De manera aparentemente más acabada, se argumenta también que "el estado debe asumir funciones de regulación, de fijación de reglas, de provisión de marcos estables para la actividad de los agentes económicos, garantizando y organizando la cohesión social". Detrás de este argumento se esconde sin duda esa inveterada tendencia a la superpersonalización del estado. La añeja teoría contractualista, abogadil y empresarial, del Leviathán de Thomas Hobbes; aunque, por supuesto, modernizada y actualizada. Las personas para Hobbes no pueden convivir nunca en paz porque, según él, "el hombre es un lobo para el hombre". En la época actual, en la era de la globalización, en cambio, es el Mercado (otra superpersonalización) el que, dejado a su arbitrio, representa un peligro para la población, por lo que un homólogo semejante (el estado) debe controlarlo y domesticarlo "en favor de la ciudadanía".
Pese a que en el presente se avanza con tranco firme hacia la construcción de un virtual estado mundial que poco a poco va absorbiendo a los estados nacionales convirtiéndolos en una especie de gerencias regionales, no es descabellado oponernos a él. Creo incluso que tener ese objetivo es más necesario hoy, como norte de nuestras acciones y, en especial, como norte de nuestros anhelos. Veamos sucintamente por qué.
Una sociedad autorregulada, esto es sin estado; es una sociedad en la que existe un alto grado de organización. A su vez, las instituciones que forman esa sociedad no se superponen estáticamente sobre ella, sino que son concebidas tal como si fueran instrumentos de servicio público. Instrumentos que durante cierta cantidad de tiempo quedan en manos de grupos particulares, con determinadas capacidades, y cuya acción está bajo la fiscalización de la sociedad completa. No quiero decir con esto que todos los ciudadanos participen en todas las decisiones que les afectan; lo que es prácticamente imposible y quizás indeseable. Sino que al existir mayores grados de organización y mayor acceso y disposición de información, se produce una delegación de funciones más vinculante, más cercana, que posibilita una verdadera y más consistente representatividad; una alternancia y rotación obligada en las funciones directivas; y no un "apernamiento", o anquilosamiento en las mismas, como la que ofrece hoy el estado en todos sus niveles. Los avances tecnológicos sin duda que potencian cada día más dicha alternativa.
Una última reflexión. Cuando uno habla sobre la superación del estado, la pregunta que regularmente surge es: ¿qué debemos entonces hacer para llegar a este fin?; "¿Qué hacer?" pregunta el viejo borrego político esperando que sus fórmulas de vida heredadas les sean sustituidas por otras nuevas... Detenerse a responder esta pregunta es algo tedioso, porque constituye con frecuencia una petición ideológica, cuyo objetivo es obtener un argumento que refutar. Por otro lado, si más de alguno de los altamente adoctrinados tecnócratas del estado se permitiera pensar —porque ni siquiera esto se permiten— en la posibilidad de sustituir el estado o de minimizarlo, en verdadero beneficio de la autonomía comunitaria y no sólo de una oligarquía económica, darían sin duda con la solución. Sin embargo, por dar una idea, suscribo que algo así se logrará globalmente por medio de un largo proceso en el que se alternará necesariamente la turbulencia revolucionaria con la reforma gradual. Pese al tenor vacío de esta profecía, creo que hoy a nivel sectorial y local podemos muy bien suprimir gran parte de la influencia negativa del estado; marginarnos de él. Es sin duda una decisión que conlleva un gran sacrificio y que, por lo mismo, no podemos hacer efectiva cada uno por sí solo. Se trata en consecuencia de una decisión grupal y organizada. Es esperable que la multiplicación de iniciativas de este tipo, y su reproducción paulatina a gran escala, den inicio a una nueva etapa histórica de la humanidad.
2 contradicciones:
Estimado: entre las navidades y el año nuevo la verdad la motoneurona no da para leer un tema tan peludo como esta elegía a José Camilo Cela (por lo de las colmenas digo yo)además entre la definición de ciudadano y estado quedé truli la verdad.
El estado se puede superar? si es una idea que crece peor que plaga en occidente a nivel sectorial y local pueden hacerse pruebas pero la autarquía es casi un mito en esta modernidad que nos hace necesitar a papi estado al menos como administrador de bienes y servicios.
un ciudadano sin estado se convertiría en consumidor? me lo pregunto en este mundo tan mercantilizado y globalizado donde ergo murphy (por la ley digo yo) el estado quedaría como último bastión para siquiera redistribuir la riqueza de algunos pocos, ergo la famosa chorreada...
saludos estimado..un año más que se va...
Mi Vieja Pascuera:
No debería preocuparse de no captar la profundidad poética de mi definición de estado, que en términos cinematográficos, digamos que está muy cerca de la explicación que Morfeo le da a Neo respecto de la Matrix. En todo caso, un primer paso hacia la superación del estado es reemplazar poco a poco, sobre todo en nuestras tardes de ocio, el concepto de ciudadano/consumidor por el de individuo, y el de estado/mercado, por el de comunidad. He ahí la semilla que nos permitirá constatar, de buena fe, que en alguna parte de nuestra evolución social, perdimos el rumbo.
Sus miedos y aprehensiones sobre una posible superación del estado no me extrañan en realidad. ¿No trabajó usted, como funcionaria, para el papá estado durante un buen tiempo? Independiente de esa poderosa influencia (y uso el adjetivo “poder-osa” adrede), usted carga con la multicausal influencia que la mayor parte de sus agentes e instituciones prodigan a diario. Por otro lado, creo haber abordado en mi texto esos argumentos recurrentes que defienden la permanencia del estado, como la de otorgarle la capacidad exclusiva de administrador y de redistribuidor, dotándolo de paso, de una especie de esencia vital autónoma. Todas falacias, por supuesto. La superación del estado puede venir, por ejemplo, por el lado de la gestión y de la organización. Es decir, podemos seguir manteniendo las mismas instituciones, pero sobre la base de su reorganización, a la que necesariamente, estarían llamados todos aquellos que hacen funcionar esa institución, de capitán a paje. Ayudaría mucho, obviamente, que de capitán a paje tuvieran el valor y la responsabilidad de invertir o de rotar, de cuando a cuando, tales roles circunstanciales. Tarea monumental, claro. Imposible sin una revolución y bla, bla, bla. Otro punto a favor de una posible superación del estado (ya lo mencioné también), radica en los avances tecnológicos, los cuales, bien dirigidos, permitirían mejorar la gestión de las instituciones, en un sentido que beneficie a la mayoría, pasando por alto intermediarios que obtienen su suculenta mascada, tan sólo por traspasar recursos de una a otra (todo el tema de los impuestos). Quizá… hacia allá vamos, sin que nos demos cuenta, a pesar de los esfuerzos en contrario. No sé. Lo que sí sé es que este asunto no lo voy a lograr yo, ni usted, por separado. Sólo podemos lograrlo juntos. Esto último no significa que le estoy proponiendo matrimonio, ni mucho menos; sino que debemos tener la suficiente lucidez de estar ahí, al agüaite, siempre listos para dar el sí, cuando las condiciones se den (o por lo menos, para propagarlo entre quienes toleran oírlo). Mientras tanto, siéntase libre de culpa y acepte todo trabajo a contrata o a honorarios que le ofrezcan por ahí. OK?
PD: un año más, qué más da, cuántos se han ido ya.
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