Para muchos, nación y patria son dos conceptos prácticamente intocables. Al dotarlos de una esencia muy cercana al culto, discutir acerca de ellos es casi como una falta de respeto. Ambos conceptos adquieren un valor sólo comparativamente, en cuanto se oponen a todo lo que difiere de ellos. Sólo pueden perfilarse en virtud de una negación sistemática, manifiesta o no. Todo lo demás resulta ser “inesencial”, pura resistencia, ante lo cual cabe únicamente el rechazo o la apatía. Son la afirmación impermeable de una historia, de un sentido y de un proyecto.
Los conceptos de nación y patria adquirieron importancia recién entrado el siglo XVII, como parte del discurso político que acompañó la formación de los primeros estados europeos. Todo el período anterior, o sea el comprendido entre los años 5000 a.c. y 1700 d.c., tanto en Oriente como en Occidente, el sentimiento general habría sido más bien cosmopolita, de un localismo interdependiente, que aunque a veces se vio enfrentado o soportó sobre sí el peso de algunos imperios, sus diferencias no fueron suprimidas ni perseguidas, sino que acotadas administrativamente bajo un poder central.
A finales de siglo XVIII, las ideas de nación y patria adquirieron un mayor auge, pasando a ser incluso el motor de muchos procesos de emancipación social. Baste recordar, por ejemplo, las cruzadas independentistas de las colonias españolas en Latinoamérica, cuyo discurso patriótico-nacional sólo sirvió para reemplazar un poder central foráneo por uno criollo, legitimando de paso a la minoría oligárquica que lo ejercía. En este sentido, de nación a patria, y de patria a estado, no hay más que un paso; al punto de que los tres términos casi se confunden en el uso y pensamiento corriente.
Hoy, por desgracia, las ideas de nación y de patria se encuentran, por decirlo de alguna manera, dentro de la categoría de mitos; cercanas al culto como se señaló más arriba. Cada grupo humano en su evolución produce mitos con el fin de mantener su cohesión en el tiempo. No importa mayormente si son o no verdaderos; porque su función no es histórica ni explicativa, sino que es cultural. Se trata por lo regular de relatos poéticos que narran el origen de los primeros antepasados, asociándolos muchas veces a potencias divinas. Pues bien, nación y patria son dos mitos por el estilo, nada de poéticos por cierto, que se sobreponen a esos otros con una función más específica, con una función exclusivamente política. Nación y patria llegan a adquirir así una dimensión de índole teocrática, piedra angular de una nueva religión, natural y laica, que cuenta con sus fieles, y también con sus herejes. Es una cuestión de fe.
Ilusiones “necesarias”
Respecto al concepto mismo de patria no veo ningún argumento decente que lo sostenga. Nada más veo invenciones ridículas y relatos infantiles; símbolos militaristas, destructivos y criminales, que se le imponen acríticamente a todas las personas desde pequeñas con el objetivo de mantenerlas a raya. La bandera, los himnos, las efemérides, los héroes, la historia oficial, y cuanto delirio más se ha inventado por ahí, son el refugio conservador de los ancianos con poder, en contra de la libertad de niños y jóvenes; ¿o es que alguna vez, en una guerra, han combatido esos viejos? Claro que no. La patria resume todo lo que puede haber de nefasto en la idolatría, el non plus ultra de lo irracional. La patria es el dios cruel al que de cuando en cuando hay que ofrecerle sacrificios, sin preguntas ni explicaciones, porque así lo mandan los libros sagrados (la Constitución y las leyes) y sus sacerdotes (los burócratas políticos y militares). Patriotismo, es en síntesis, lealtad fanática a un estado y a sus instituciones.
El concepto de nación, en cambio, es muchísimo más espinoso y por lo mismo, más interesante. Según un buen número de personas, su contenido no vendría a ser una abstracción colectivista que pretende uniformar arbitrariamente a determinadas comunidades; sino que, por el contrario, se trataría de un concepto objetivo, de manifestaciones visibles y concretas, y que debido a ello merece mayor atención y reverencia. Veamos. Existe nación, —para este punto de vista— cuando se conjugan cuatro elementos básicos: raza, lengua, territorio y un pasado común. Pasando por alto que la exaltación de esta tetralogía constituye la base misma del fascismo, (para comprobarlo léase el libro Mi Lucha de Adolf Hitler); sopesemos pues sus alcances. Lo del pasado común resulta ser una situación inmediatamente relativa en cuanto constatamos que pueden existir diferentes visiones históricas sobre ese pasado común, distintos acentos. No hay nunca “una” historia; sino muchas. Grupos y comunidades que comparten aquellos cuatro elementos, le dan incluso una expresión diferente a iguales tradiciones, se vivencian y practican de diferente forma.
La lengua y la raza son, a mi juicio, elementos fortuitos; accidentes en el desarrollo del ser humano. No son absolutamente determinantes. El defensor de lo “nacional” no lo ve así por supuesto. Para él, la lengua particular, el idioma, es un elemento esencial; y lo mismo la raza. Ambos aspectos constituirían un vínculo místico y trascendente, que las demás razas y lenguas no poseerían y que por lo tanto es imposible de comprender sino se pertenece precisamente al círculo cerrado de sus miembros. Los otros, pasamos a ser entonces y de un plumazo, inferiores. Para mí esto de la raza siempre ha sido una cuestión medio canina que afirma fundamentalmente un observador externo; esto es un manipulador. Los perros son todos perros, y si fuera por ellos se cruzarían infinita y transversalmente hasta más no joder. Y son los hombres, o sea los que se juzgan que no son perros, los que controlan y manipulan sus cruces con fines extrarreproductivos.
El tema de la lengua, por el contrario, es más complejo. No cabe duda que el lenguaje es esencial, pero no así las lenguas. Cada una tiene un valor intrínseco insuperable, pero equivalente; que hay que preservar a cómo dé lugar, independientemente del número de sus hablantes. Lo cual no da pie por supuesto para afirmar que una gramática, dentro de un mismo idioma, es más legítima que otra. Con frecuencia, la fijación gramatical de las lenguas orales antiguas dio paso a una inmovilidad evolutiva que ha impedido la mezcla y por ende el nacimiento de nueva poesía, es decir de nuevos idiomas.
Fuerza y/o tradición
Sobre el territorio cabe también decir algo. Todas las fronteras son artificiales y han nacido de una necesidad igualmente artificial: la necesidad de asegurar una fuente permanente de recursos, así como un espacio geográfico, para garantizar la subsistencia económica y política de una comunidad. Digo que es artificial, porque tanto social como individualmente, podemos muy bien sobrevivir sin llegar a asentarnos definitivamente en ningún lugar. Sé que aquí se me reprochará esa supuesta necesidad de “arraigo” del ser humano, cuestión afectiva y emocional “incomprensible” para quienes “perteneceríamos” a culturas que no respetan esa necesidad. Esta forma de argumentar que se basa en que “algunos comprenden cosas que otros no pueden comprender”, no me convence demasiado. Es una construcción ideológica.
El énfasis que se pone en esta necesidad intransable de contar con un espacio territorial para que una comunidad se desenvuelva, me suena incluso nazista al recordar la sintomática teoría del “espacio vital”. En una parte de Mi Lucha, Hitler escribe: “Sólo un territorio suficientemente amplio puede garantizar a un pueblo la libertad de su vida”. Es obvio que el führer desarrolla su teoría con el fin de justificar natural y hasta poéticamente sus deseos de expansión sobre Europa. Pero su deseo grafica una actitud milenaria de cualquier comunidad superorganizada centralmente: el derecho sobre un territorio sólo se funda en la fuerza. En contradicción con este proceder histórico, hay quienes afirman que el derecho sobre un territorio viene dado por los ancestros, puesto que “el suelo donde vivimos constituyen los restos mismos de nuestros antepasados”. Discutible. Porque ¿a qué antepasados se refiere? ¿A los mediatos o inmediatos? ya que si se hace un rastreo del “quién llegó primero” a un lugar, se comprobará que cada pueblo es producto de la mezcla de diversos elementos tribales y no de uno en particular.
No hay pues unidad racial o consanguínea, en términos de origen biológico; tan sólo un instante de estabilización evolutiva en la pluralidad de aquellos elementos. No existe nada semejante a la pureza de origen. El único derecho que me parece más acertado para defender o reclamar una posesión territorial es aquella que otorga el trabajo productivo en el presente sobre el suelo que se ha elegido para vivir. Esa labor directa de intercambio de energía entre un yo y la tierra. Ahora si ese intercambio es realizado ya, no por un yo sino que por un nosotros, de una manera regular y comprobable, y fundamentada en un discurso de sobrevivencia cultural (y no puramente político o económico), no nos cabe otra cosa que respetar ese derecho y defender la autonomía de su práctica.
15 contradicciones:
No me quedó claro si buscas que la gente mapuche viva su cultura como un pasatiempo y que produzcan como el resto del país lo hace. Hay una niñita que en otro lado me dijo algo similar, muy clever ella. Comparaba las distintas formas de convivencias entre etnias , en otros países. No me diga que ud. también cree que los mapuche buscan chupar la teta del Estado. De todas maneras, aprecio la reflexión.
Hipnótica Maga:
Creo que no sería mala idea que las personas vivieran su cultura como un pasatiempo, sin tanta gravedad. En otro post entrego precisamente mi opinión sobre lo que considero cultura y concluyo que todas ellas son un lastre conservador que nos ata al pasado de una manera que nos impide recrear e imaginar nuevas posibilidades sobre el individuo y su entorno. La cultura también es ideología, y como tal es manipulable, por lo que más que reverencia, debería incitar crítica. Por ejemplo, ya que hablas de producción, ella es detestable si trae consigo la esclavitud, en cualquiera de sus formas. Por lo tanto, al diablo con ella, aquí y en el Kurdistán. Ahora, la relación de un pueblo particular, en este caso el mapuche, con su cultura o el estado, no es el tema central de este post. Fue escrito mucho antes de la actual coyuntura de la huelga de hambre de los 32 comuneros. Más que nada me interesa relativizar los conceptos de nación y patria. Considero que el prontuario de ambos es bastante largo y extenso como para celebrarlos hoy, mañana y siempre.
Me parece precisa tu definición de nación y patria, especialmente porque yo mismo lo siento prácticamente de la forma que lo dices, nunca me he sentido muy "dentro" de esta franja de tierra, por así decirlo, y dudo, de todas formas, que me sentiría de otra forma estando en otras coordenadas.
Sin embargo, ¿será la manera correcta de pensar? Para mí sí, lo es, como le dices a Maga da la posibilidad de tener una visión más amplia, pero obviamente un fascista no comprendería ni una sola palabra de aquí, ¿eso lo hace estar equivocado? O a cualquiera que piense diferente en realidad, no solo un fascista, era solo por dar un ejemplo extremista.
Y hay otra duda que tengo, ahora sobre lo que escribiste, al final.
¿Dices que si el suelo donde vivimos no lo usamos para producir no tenemos derecho a reclamarlo como nuestro?
Estimad@ G:
Agradezco que se haya tomado el tiempo para leer el presente post de la forma en que lo ha hecho. Es decir, intentando comprender su contenido, y a su vez, dudando al mismo tiempo de él, para terminar trasplantando tal intento y tal duda a las ideas propias. Y se lo agradezco porue queda con esto articulado, en buena medida: "el pensar"; no así, lamentablemente: "la manera correcta de pensar". Lo primero es un acto, y lo segundo, el contenido de ese acto. Así las cosas, tengo para mí que quien ejecuta el acto, con cierta regularidad, la mayor parte de las veces arribara a contenidos creativos y constructivos, y muy pocas veces a lo contrario. El caso del fascista es efectivamente extremo, además de un estereotipo. Hay que ver y sentir al otro, en el detalle, primero; testear amistosamente sus ideas, después. Si al hacer ese trabajo, observamos actitudes excluyentes, violentas y uniformizantes; y contenidos que escasamente suponen aquel acto esencial, es muy posible que estemos frente a una manera incorrecta de pensar. La experiencia personal y sólo la experiencia personal (la suya y no la de otros) le dará la medida.
Con respecto a su segunda inquietud puedo decirle que el derecho de propiedad es una invención, un privilegio; por lo tanto, al invocarlo hay que dar alguna prueba de que uno se lo merece. Una de las pruebas que juzgo mejor, en el caso de un territorio, es la de su uso regular a favor de tu propia sobrevivencia. En consecuencia, no es algo que se relacione específicamente con el trabajo productivo, entendido sólo desde un punto de vista material y económico. En el instante que esa sobrevivencia se va vinculando a colectivos reconocidos y no sólo a particulares, el derecho va cobrando mayor legitimidad. Por el contrario, el derecho de propiedad se va haciendo cada vez más problemático en la medida que nos alejamos del suelo, digamos rural, y nos centramos en los espacios urbanos y en las posesiones de objetos. Y pasamos de la sobrevivencia al negocio. Una discusión que le encantaría a tipos como el mexicano Carlos Slim, pero no vamos a aguarle la fiesta (todavía). Como todo el post, el párrafo final es mucho más tentativo, por lo que aún debe ser pasado, varias veces, por el cedazo. Gracias por recordármelo.
Siento lastimar tu sensibilidad y no sobajear el resto de tu intelecto al no comentar el resto del post. Hay muchas cosas que creo contradichas, pero preferí abstenerme a esa duda. Estoy harta de los ninguneos a algunas causas como la mapuche, que se le diga cómo merecer sus tierras por ejemplo, uff. No tengo la paciencia ahora, me dirás intolerante, fascista (o algún símil) por aquello?
Prodigiosa Maga:
Deseo aclararle que tanto usted como cualquiera de los seis mil millones de lectores que tiene este blog, están absolutamente autorizados a lastimar mi sensibilidad y mandarme, si es necesario, a la cresta o a la punta del pico más lejano del universo.
Usted afirma que hay muchas cosas que se contradicen en este post. No faltaba más. Como Heráclito, yo no creo en el principio de no contradicción. Es más, usted verá que, precisamente, he titulado: "contradicciones" a los comentarios, de manera de poner énfasis en esa realidad de nuestro conocimiento.
De acuerdo con lo anterior, yo soy el primero en promover la fundación del estado mapuche independiente en el actual territorio de la región de la Araucanía, con gobierno, parlamento, FFAA, servicio de impuestos internos, ANI, etc, etc. Sólo espero que no cobren mucho el derecho de paso, ya que tengo una casita en Puerto Montt.
Separatista hediondo:
Me he reído como un poseso luego de leer tus ridículas apreciaciones, es tanta la falta de sentido, criterio y respeto que no me queda más alternativa que exiliarte a la argentina marica asqueroso, para que te reproduzcas allá con otros degenerados, apátrida vomitivo y petulante. Una vez allá empléate en la casa de los kirchner de nana, y te aseguro que en tres días te nombran ministro del interior, chucha tu madre, mongoloide y servil. Como de seguro te van a encargar hacer una bandera nueva, te recomiendo que te hagas una autofelación y te saquís una foto, y te la tatúes en el culo, punki reculiado.
Politólogo Gamarra:
Se nota que ahora le pusiste un poco más de empeño. Bravo. Pero yo sé que tus monótonas y predecibles tripas pueden manufacturar mojones aún más olorosos. Vamos, vamos. No te inhibas, discípulo querido, que mientras sigas pensando que yo soy el primero, jamás dejarás de pensar que tú eres el último.
Feliz 19!
Quizás con tanto milico junto desfilando, dilates y lubriques un poco más esa estrecha vagina que te mandaste a hacer.
Cariños, putita.
Sobre la idea de Nación y la fuente tetralógica que describe, Renán incorporó un elemento interesante: “la esencia de una nación es que todos los individuos tengan muchas cosas en común, y también que todos hayan olvidado muchas cosas”.
Me quedó dando vueltas: ¿Cómo distingue usted una "construcción ideológica" de la interpretación de una percepción?
Saludos
Don Emar:
Debo agradecerle esa precisa mención a Renán y a su excelente conferencia-ensayo. La compartiría en un 99,9 por ciento, si no fuera por ese optimismo racionalista que de vez en cuando aflora de entre sus líneas. A mí me gustó esta frase: "Las naciones no son algo eterno. Han comenzado, terminarán".
Respecto a su pregunta, estoy completamente convencido que usted sabe cómo distinguir una "construcción ideológica" de la interpretación de una percepción. Si queremos ponernos difíciles, claro, podríamos asimilar la una a la otra y no ver ninguna diferencia. Decir por ejemplo, que toda contrucción ideológica es una interpretación y que toda interpretación es una construcción ideológica. Pero se trata de no ponernos difíciles, ¿no cierto? Bien, la posible diferencia entre una y otra, está radicada a mi juicio, en que la interpretación de una percepción es un trabajo más o menos inmediato, meridianamente instintivo y circunscrito a un momento y lugar determinados; mientras que la construcción ideológica va mucho más allá, independizándose en cierto sentido, del sujeto. Se trata de un conjunto de interpretaciones, dotado de un cierto orden, la cual se asume como verdadera en todo momento y lugar.
No sé si habría que abundar más en el asunto, a no ser que usted haya visto la distinción en otro punto. (salió verso)
Gracias por pasar por aquí. La razón de su sinrazón es siempre bienvenida.
Interesante.
Parecía más lógico dejar la interpretación de una percepción como acervo; y la construcción ideológica ligada al sujeto, en este caso aquel que hace pobremente patria o gobierna. Creo Maldonado que una vez más se ha ido usted por el camino más fácil en apariencia; pero el más certero a la hora de demostrar su infinita elocuencia a la hora de evemerizar todas las filiales del orden y del poder alcanzado por ciertas sectas; siga así.
Le dejo yo también esta inquietud que espero me aclare en breve. Que es más probable, ¿que al maricón gonorreico de tu padre le haya salido pus del tuli y haya fertilizado su oscuro trasero?, o ¿que la puta tiñosa de tu madre le haya crecido el clítoris y se haya culiado sola, para engendrarte a vos? emo concha tu madre.
Supérate, Gamarra, supérate. Tú puedes.
Claro, sucede que cuando hablamos en torno a la "nación", sus derivados y parientes, todo huele a construcciones ideológicas...
Es tentador ponernos difíciles, lo admito. No obstante, mi duda apuntaba -ya lo intuirá usted- a su calificación de "construcción ideológica" para quienes creen comprender cosas que otros no pueden comprender.
Pienso si acaso eso no puede ser simplemente el fruto de una interpretación de una percepción, o si es demasiado elaborado por lo que sólo le cabría ser una construcción ideológica. Pero me genera dudas hasta qué punto tiene cierto orden, o se asume como verdadera en todo tiempo y lugar.
Pero tal vez me estoy poniendo difícil...
Mis saludos
Don Emar:
Tratando de colaborar en la dificultad del tema, pienso que cuando una persona se siente capaz de comprender cosas que otros no pueden comprender es porque, precisamente, no ha llevado su percepción al plano de la interpretación. Sólo ha experimentado, quizás amplificadamente (o ayudado por alguna sustancia), la sensación que le provoca un color, una idea, un paisaje, etc, en un momento y lugar determinado. Es más o menos como una experiencia mística, en donde un posible orden carece de sentido y en donde la verdad forma parte de su contenido (porque es algo que se siente profundamente). De ese modo, se entiende que dichos sujetos le atribuyan a otros la falta de comprensión de sus experiencias y de lo que han elaborado teóricamente a partir de allí. No obstante, y sin querer disminuir con ello su potencia, todo ese progreso viene a ser ya una construcción ideológica.
Saludos también
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